En México, el Día de Muertos es ocasión para visitar los panteones y ahí las tumbas de los seres queridos y, aunque menos común, la noche también se presta para hacerlo.
Así ocurre en algunos camposantos en la Ciudad de México, igual en el conocido Mixquic, en la periferia de Tláhuac, que en el menos conocido, pero más céntrico Panteón San José, en San Pedro Iztacalco.
Los cementerios de San Andrés Mixquic y de San José se muestran llenos de vida nocturna por Día de Muertos: velas, incienso, comida y adornos dan el toque mágico a una convivencia en la que lo mismo abundan las bromas, que se recuerdan los gustos y, por qué no, los disgustos que la muerte dejó en meras anécdotas.
La noche del 1 al 2 de noviembre, la transición de la visita de los Santos Inocentes y los Fieles Difuntos, con una velada los vivos rinden culto a sus muertos, cuyas almas "con más fe que certeza" aseguran vienen del más allá a disfrutar de la esencia de los alimentos y bebidas que se les ofrendan.
Son costumbres y tradiciones que se heredan de generación en generación y que en Iztacalco se retomó hace una década.
Es una tradición donde el sincretismo religioso, las muestras de afecto y los ritos ancestrales no se comparan con las sensaciones que despiertan los recorridos nocturnos por panteones, para poner a prueba el valor y los nervios de los asistentes con relatos y leyendas de terror o sólo historias de los moradores eternos.
Una visita nocturna puede ser propicia para lucir los disfraces con que la gente suele emular a la muerte, desde la famosa Catrina, el diablo o fantasmas y personajes de películas de terror, y pasearse entre tumbas de desconocidos envueltos por la oscuridad y el silencio sepulcral.
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